Cuando nos perdemos en la consideración de la infinita magnitud del mundo en el espacio y el tiempo, cuando meditamos sobre los milenios transcurridos y los que han de venir, o cuando el cielo de la noche nos trae realmente ante los ojos innumerables mundos, penetrando así en nuestra conciencia la inmensidad del Universo, entonces nos sentimos reducidos a la nada, nos sentimos como un individuo, un cuerpo vivo, un efímero fenómeno de la voluntad; y desaparecemos fundidos en la nada, igual que una gota en el océano. Pero al mismo tiempo, frente a tal espectro de nuestra propia nada, frente a esa mentirosa imposibilidad, se alza la conciencia inmediata de que todos esos mundos existen únicamente en nuestra representación como simples modificaciones del eterno sujeto del conocimiento puro que descubrimos en nosotros mismos tan pronto como olvidamos la individualidad y que es el soporte necesario y condición de todos los mundos y todos los tiempos. La magnitud del mundo que antes nos inquietaba descansa ahora en nosotros: nuestra dependencia de él queda abolida por su dependencia de nosotros. - Mas todo esto no viene inmediatamente a la reflexión sino que se muestra como un sentimiento de que en algún sentido (que solo la filosofía esclarece) somos uno con el mundo y por eso su inmensidad no nos aplasta sino que nos eleva. Es la elevación por encima del propio individuo, el sentimiento de lo sublime.

Schopenhauer, "El Mundo Como Voluntad y Representación"

Cuando nos perdemos en la consideración de la infinita magnitud del mundo en el espacio y el tiempo, cuando meditamos sobre los milenios transcurridos y los que han de venir, o cuando el cielo de la noche nos trae realmente ante los ojos innumerables mundos, penetrando así en nuestra conciencia la inmensidad del Universo, entonces nos sentimos reducidos a la nada, nos sentimos como un individuo, un cuerpo vivo, un efímero fenómeno de la voluntad; y desaparecemos fundidos en la nada, igual que una gota en el océano. Pero al mismo tiempo, frente a tal espectro de nuestra propia nada, frente a esa mentirosa imposibilidad, se alza la conciencia inmediata de que todos esos mundos existen únicamente en nuestra representación como simples modificaciones del eterno sujeto del conocimiento puro que descubrimos en nosotros mismos tan pronto como olvidamos la individualidad y que es el soporte necesario y condición de todos los mundos y todos los tiempos. La magnitud del mundo que antes nos inquietaba descansa ahora en nosotros: nuestra dependencia de él queda abolida por su dependencia de nosotros. - Mas todo esto no viene inmediatamente a la reflexión sino que se muestra como un sentimiento de que en algún sentido (que solo la filosofía esclarece) somos uno con el mundo y por eso su inmensidad no nos aplasta sino que nos eleva. Es la elevación por encima del propio individuo, el sentimiento de lo sublime.

Schopenhauer, "El Mundo Como Voluntad y Representación"